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La Congregación De Las Sombras,parte II blog móvil | lcdlsparteii



24.12.2011 00:15 EST
Capítulo 212: El helado.
Al día siguiente, más de lo mismo: trabajo, merienda, y gimnasio. En aquella ocasión los sombras fueron más cuidadosos: cambiaron de coche y esperaron afuera. Aún así, Alejandro les descubrió pronto, porque siempre que podía seguían una de las tácticas que le enseñó Caríope: dejar un coche de espacio entre los suyos, y en cuanto sus caminos dejaban de ser el mismo, dejar espacio para que otro coche se pudiera meter. Irónicamente, aquella era una táctica para no llamar la atención. Hubiera querido jugar con ellos, empezar a dar giros sin sentido para ver qué hacían al no tener ningún coche que les hiciera de cobertura, pero les hubiera dado a conocer que sabía que le seguían.

En el gimnasio, se topó otra vez con Álvaro y Andrés. Aquella vez les dijo que no iba a hacer bíceps y tríceps con ellos, sino espalda. No quería tenerles cerca y tener que limitarse. En lugar de eso, se puso a hacer dominadas... sin parar, gracias a que aquellos dos no se fijaban en él porque estaban bromeando y contando chistes mientras entrenaban. Antes, apenas podía hacer diez, pero pudo estar allí más de diez minutos seguidos, y su máxima preocupación no era el agotamiento, sino fijarse en que no hubiera nadie que se fijara en él. En cuanto vio que había un joven mirándole mal porque estaba todo el rato allí, le cedió el sitio y se fue a hacer una sesión de bicicleta estática con el dueño del gimnasio, que hacía de monitor. Durante la media hora que estuvo allí se dio cuenta que pese al intenso ejercicio que había hecho veinticuatro horas antes ni siquiera había sufrido el peor enemigo de los novatos y de la gente que retoma el gimnasio tras un largo periodo de inactividad: las agujetas.

Para cuando terminó, Andrés y Álvaro ya se habían ido. Apenas estaba cansado. Ya sabía que había aumentado su fuerza explosiva, fuerza intensiva o fuerza resistencia y un poco su resistencia, lo siguiente sería confirmar eso último y poner a prueba su rapidez. Se puso a correr en una cinta con la máxima velocidad y la máxima inclinación. De nuevo, su mayor enemigo no era su condición física, sino el aburrimiento en aquella ocasión. No le gustaba y seguía porque quería probar sus límites, pero estar parado simplemente corriendo durante tantos minutos se le hacía soporífero y no lo volvería a probar, aunque se sintiera bien moviéndose tan rápido. buscando algo que le distrajese, se puso a mirar por el cristal que tenía justo enfrente, ya que su gimnasio estaba en un primer piso cuyas paredes exteriores eran cristaleras para que estuviera bien iluminado, pudo ver a los dos sombras esperando en su coche, sin ni siquiera advertir que él estaba allí, mirándoles.

Terminó después de correr durante una hora al ritmo máximo. No estaba cansado del todo, se había sentido muy bien corriendo y no había tenido ni siquiera flato; lo que sí que tenía era hambre y hacía rato que se le había terminado el agua. Tras una corta ducha salió y se fue a comprar un helado a una especie de bar que había justo al lado del coche de los sombras, pero en el otro lado de la calle. Le daba igual que avisaran a don Bartolomé de aquél pequeño lujo: ese día había terminado un poco antes y sabía que necesitaba un poco de glucosa.

-Maestro, póngame un helado grande de chocolate belga, por favor.
-Marchando.
-No debería, pero otro para mi. Pequeño, eso sí.

Alejandro se giró para ver a la dueña de esa voz. Era una chica a la que echaba unos veintiséis años, delgada y pelirroja natural, con unos ojos azules muy bonitos. Llevaba una camiseta de deporte muy ajustada que dejaba ver su ombligo.

-Hola, me llamo Leila. Estuve corriendo un rato a tu lado.
-Ah, lo siento, no te vi.
-Pues habrás sido el único, jajaja. Normalmente, me suelen mirar todos, incluidos esos dos con los que antes hablabas.
-Yo voy a lo mio -dijo, cogiendo su helado y dándole un billete al camarero-... Estamos en diciembre, te vas a resfriar como vayas así.
-No te preocupes por eso. O sí, mira: ¿quieres hacerme compañía mientras nos tomamos el helado? Así no me resfrío...
-Lo siento, pero no. Tengo que irme.
-¿Estás... seguro?

Mientras decía eso, se acercó a él y le dio un lametón a su helado. Alejandro la miró con cierto desprecio, luego miró al camarero, que se había quedado con la boca abierta, y le dio su helado a la chica.

-Toma, quédate tú el grande. Yo me comeré el pequeño. Hazme caso y tápate un poco. Y la próxima vez, cuando trates de hacer algo tan antihihiénico, asegúrate de que tu caprichito de turno no tenga novia, o como mínimo, que no le gusten las facilonas.
-..... ¡¡¡GILIPOLLAS!!!

Los dos sombras, que por si acaso Alejandro intentaba algo extraño habían sacado disimiladamente un aparato de escucha a distancia y habían oído toda la conversación, pudieron ver como la chica le daba una bofetada antológica. Alejandro la vio venir, pero sabiendo que no le iba a doler, ni siquiera se molestó en esquivarla. Del enfado, Leila le tiró el cono a la cabeza pero él lo cogió al vuelo, mientras la chica se marchó furiosa y avergonzada de que todo el bar la estuviera mirando. Alejandro miró al camarero, cogió una servilleta para limpiarse el helado de la mano y una cucharilla para quitar la parte que la chica había lamido y empezó a comérselo.

-Me parece que al final los me tendré que comer y que pagar los dos helados yo.
-Tío, eres un idiota.
-Cállate y hazme el helado, que tengo prisa. Y nada de pequeño, házmelo también grande.


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