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]|[Cristina Hermafrodita]|[
THE EMPORIUM
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En esta pagina encontraras leyendas diferentes cada tres dias. PARA Leer mas visita nuetra pagina de leyendas aqui en
>THE EMPORIUM<
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Lea hoy....


CRISTINA HERMAFRODITA

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Cuando vino al mundo en el año 1626, todo el mundo, médicos y comadronas, creyó que se trataba de un niño. Y así le fue informado a su padre que, a pesar de la fealdad de la criatura ? velluda y oscura - estalló de alegría porque por fin tenía un hijo varón. Todos en palacio se abrazaron, se felicitaron, celebraron con vino, y las campanas de las iglesias informaron a la ciudad que acababa de nacer el tan ansiado varoncito que un día habría de gobernarles? pero poco a poco se fue acallando el estruendo y la alegría, y la gente, estupefacta, comenzó a intercambiar miradas llenas de sorpresa, y murmullos: un segundo examen a la anatomía de la criatura, acababa de revelar que todo había sido una confusión, porque en realidad se trataba de una niña, una princesa.

La llamaron Cristina, pero la gente siempre se quedó con la duda. ¿Era niño o niña?

El rey Adolfo, su padre, a pesar de la horrible decepción, se resignó y decidió que querría mucho a su hija, a la que daría por si acaso la educación propia de un rey de su tiempo: Cristina no se contentaría con aprender a bordar, a tocar el arpa y bailar como cualquier niñita, sino que cursaría estudios de todo genero, desde la Historia, los idiomas ? llegaría a hablar unos diez, español entre ellos ? la equitación, la caza y el arte de la guerra. Esta previsión resultó muy acertada, porque seis años después el propio Adolfo murió en una guerra sin haber tenido más hijos y Cristina se convirtió en reina de Suecia.

Todos la describen en su edad adulta como una extraña mujer de mirada dura, manos fuertes y nudosas y la voz ronca de un hombre. Uno de sus pechos estaba hundido, y en la espalda se le insinuaba una joroba que ella lograba a medias disimular. De cara no era tan fea, pero tenía los dientes torcidos, grande la nariz y como carecía de coquetería, se hacía rapar el cabello completamente ? para lucir pelucas de hombre - y jamás usaba colorete o pintura de labios. Casi nunca se ponía vestidos, sino trajes masculinos. Con voz de mando y rudos ademanes, montaba a caballo como jinete experta y cazaba desde ciervos hasta jabalíes sin experimentar temor por el galope a toda velocidad y el uso de armas de fuego.

La gente experimentaba toda una gama de sentimientos al contemplarla, que iban desde el miedo hasta la fascinación. También repudio, al enterarse de cómo era su vida privada, porque Cristina de Suecia, aunque no desdeñaba del todo a los hombres, jamás ocultó que prefería de largo a las mujeres. En más de una ocasión se encaprichó o enamoró realmente de las más bellas cortesanas, a las que abordaba con seguridad y viril confianza, llenándolas de halagos y presentes. Se hubiera podido decir que la mujer era lesbiana y punto, no pasaba nada en un mundo en el que, ya se sabía, existe de todo, pero desconcertaba mucho que Cristina mantenía además a tres hermosos homosexuales entre sus servidores de confianza, con quienes se entregaba a espantosas orgías . Para colmo, se enamoró de un sacerdote que era más feo que una gárgola, y algunos hasta dicen que este fue el verdadero amor de su vida.

Pero Cristina iba por la vida sin importarle un comino lo que opinaran los demás, y esa fue la postura que sostuvo hasta la hora de su muerte. ¿Cuántos de nosotros podemos decir lo mismo con toda propiedad, como se le antojó a ella?

Cristina fue todavía más allá.

Un día decidió que quería ser libre y vivir a plenitud, sin las ataduras que impone una corona, y por ello renunció al trono de Suecia e inició un viaje por toda Europa para coleccionar vivencias y amantes. No era frecuente que las mujeres se atrevieran a ir mucho más allá de lo que abarcaban con la vista, por caminos que eran un desastre y mares desconocidos habitados por toda clase de mounstros de fábula, pero ella rompió con ese esquema. En cada sitio que visitó sorprendía a todos con la atrocidad de sus modales, sus trajes de hombre y la extravagancia de sus ocurrencias: solía sentarse a la mesa con las piernas abiertas y colocadas sobre los brazos del sillón, y eructar y decir palabrotas a toda voz, incluso en misa, y hacer gestos obscenos a la gente que aplaudía el paso de su carroza por las calles.

Acabó instalándose en Roma, donde rentó un palacio y se convirtió en anfitriona de moda, dando fiestas regias y metiéndose en todas las intrigas y chismes de sociedad con avidez de peluquera. Al ir envejeciendo ? en una época en donde la gente envejecía rápido, de por si - se fueron haciendo cada vez más evidentes los rasgos de su extraña condición. Se puso gorda como un tonel, le salieron largos pelos negros en la cara y su nariz se llenó de granos. La joroba en su espalda se acentuó, lo mismo que sus maneras de labriego. Feísima, se agravaba más vistiendo faldas torcidas que colocaba encima de sus pantalones de hombre, y amarraba sus pelucas en una tosca cola de caballo que despejaban su frente arrugada. A los cuarenta años, Cristina aparentaba setenta. Pero ni con ello perdió su increíble aplomo y su gusto por la vida, que ella aceptaba tal como le había tocado sin mayores quejas. Un día en que iba a toda velocidad en su carroza, esta volcó y Cristina aterrizó en la orilla del camino, felizmente sin ningún hueso roto. En lugar de echarse a llorar lamentándose del colmo de sus infortunios, se quedó allí sentada con las faldas arremangadas, mostrando las piernas peludas y dejando oír su risa estruendosa, muy parecida al relincho de los caballos.

- ¡Eso es, venid! ? dijo festivamente a quienes se acercaron a socorrerla: - ¡Venid y mirad por vosotros mismos si la reina de Suecia es o no un hermafrodita!

Murió pocos años después, mientras dormía, por causas que nunca pudieron ser esclarecidas, como tampoco lo fue su verdadera naturaleza sexual. Quienes la embalsamaron jamás dieron a conocer sus informes, e hicieron tan mal su trabajo que siglos después, cuando nuestros científicos quisieron exhumar el cadáver para develar por fin el misterio ? Cristina fue enterrada en la catedral de San Pedro, en el Vaticano, por orden del Papa de aquel entonces - se encontraron con una momia negra que se deshizo al contacto con el aire.

Sólo nos legó su ejemplo, que si bien no fue el más educado, al menos si nos dejó en claro que tenemos que vivir nuestra vida como se nos antoje.

Félix.

felix pravskaia
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"Leyendas" de Gustavo Adolfo Bécquer:

LA AJORCA DE ORO

(Leyenda de Toledo)
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Ella era hermosa, hermosa con esa hermosura que inspira el vértigo, hermosa con esa hermosura que no se parece en nada a la que soñamos en los ángeles y que, sin embargo, es sobrenatural; hermosura diabólica, que tal vez presta el demonio a algunos seres para hacerlos sus instrumentos en la tierra.

El la amaba; la amaba con ese amor que no conoce freno ni límite; la amaba con ese amor en que se busca un goce y sólo se encuentran martirios, amor que se asemeja a la felicidad y que, no obstante, diríase que lo infunde el Cielo para la expiación de una culpa.

Ella era caprichosa, caprichosa y extravagante, como todas las mujeres del mundo; él, supersticioso, supersticioso y valiente, como todos los hombres de su época. Ella se llamaba María Antúnez; él, Pedro Alonso de Orellana. Los dos eran toledanos, y los dos vivían en la misma ciudad que los vio nacer.

La tradición que refiere esta maravillosa historia acaecida hace muchos años, no dice nada más acerca de los personajes que fueron sus héroes.

Yo, en mi calidad de cronista verídico, no añadiré ni una sola palabra de mi cosecha para caracterizarlos; mejor.

El la encontró un día llorando, y la preguntó:

¿Por qué lloras?

Ella se enjugó los ojos, lo miró fijamente, arrojó un suspiro y volvió a llorar.

Pedro, entonces, acercándose a María le tomó una mano, apoyó el codo en el pretil árabe desde donde la hermosa miraba pasar la corriente del río y tornó a decirle:

¿Por qué lloras?

El Tajo se retorcía gimiendo al pie del mirador, entre las rocas sobre las que se asienta la ciudad imperial. El sol trasponía los montes vecinos; la niebla de la tarde flotaba como un velo de gasa azul, y sólo el monótono ruido del agua interrumpía el alto silencio.

María exclamó:

No me preguntes por qué lloro, no me lo preguntes, pues ni yo sabré contestarte ni tú comprenderme. Hay deseos que se ahogan en nuestra alma de mujer, sin que los revele más que un suspiro; ideas locas que cruzan por nuestra imaginación, sin que ose formularlas el labio, fenómenos incomprensibles de nuestra naturaleza misteriosa, que el hombre no puede ni aun concebir. Te lo ruego, no me preguntes la causa de mi dolor; si te la revelase, acaso te arrancaría una carcajada.

Cuando estas palabras expiraron, ella tornó a inclinar la frente y él a reiterar sus preguntas.

La hermosa, rompiendo al fin su obstinado silencio dijo a su amante con voz sorda y entrecortada:

Tú lo quieres; es una locura que te hará reír; pero no importa; te lo diré, puesto que lo deseas. Ayer estuve en el templo. Se celebraba la fiesta de la Virgen, su imagen, colocada en el altar mayor sobre un escabel de oro, resplandecía como un ascua de fuego; las notas del órgano temblaban, dilatándose de eco en eco por el ámbito de la iglesia, y en el coro los sacerdotes entonaban el Salve, Regina. Yo rezaba, rezaba absorta en mis pensamientos religiosos, cuando maquinalmente levanté la cabeza y mi vista se dirigió al altar. No sé por qué mis ojos se fijaron, desde luego, en la imagen; digo mal; en la imagen, no; se fijaron en un objeto que, hasta entonces, no había visto, un objeto que, sin que pudiera explicármelo, llamaba sobre sí toda mi atención... No te rías...; aquel objeto era la ajorca de oro que tiene la Madre de Dios en uno de los brazos en que descansa su Divino Hijo... Yo aparté la vista y torné a rezar... ¡Imposible! Mis ojos se volvían involuntariamente al mismo punto. Las luces del altar, reflejándose en las mil facetas de sus diamantes, se reproducían de una manera prodigiosa. Millones de chispas de luz rojas y azules, verdes y amarillas, volteaban alrededor de las piedras como un torbellino de átomos de fuego, como una vertiginosa ronda de esos espíritus de las llamas que fascinan con su brillo y su increíble inquietud... Salí del templo; vine a casa, pero vine con aquella idea fija en la imaginación. Me acosté para dormir; no pude... Pasó la noche, eterna con aquel pensamiento... Al amanecer se cerraron mis párpados, y, ¿lo creerás?, aún en el sueño veía cruzar, perderse y tornar de nuevo una mujer, una mujer morena y hermosa, que llevaba la joya de oro y pedrería; una mujer, sí, porque ya no era la Virgen que yo adoro y ante quien me humillo; era una mujer, otra mujer como yo, que me miraba y se reía mofándose de mí. ¿La ves? parecía decirme, mostrándome la joya. ¡Cómo brilla! Parece un círculo de estrellas arrancadas del cielo de una noche de verano. ¿La ves? Pues no es tuya, no lo será nunca, nunca... Tendrás acaso otras mejores, más ricas, si es posible; pero ésta, ésta, que resplandece de un modo tan fantástico, tan fascinador..., nunca, nunca. Desperté; pero con la misma idea fija aquí, entonces como ahora, semejante a un clavo ardiendo, diabólica, incontrastable, inspirada sin duda por el mismo Satanás... ¿Y qué?... Callas, callas y doblas la frente... ¿No te hace reír mi locura?

Pedro, con un movimiento convulsivo, oprimió el puño de su espada, levantó la cabeza, que, en efecto, había inclinado, y dijo con voz sorda:

-¿Qué Virgen tiene esa presea?

-La del Sagrario- murmuró María.

-¡La del Sagrario! -repitió el joven con acento de terror-. ¡La del Sagrario de la Catedral! ...

Y en sus facciones se retrató un instante el estado de su alma, espantada de una idea.

-¡Ah! ¿Por qué no la posee otra Virgen? -prosiguió con acento enérgico y apasionado-. ¿Por qué no la tiene el arzobispo en su mitra, el rey en su corona o el diablo entre sus garras? Yo se la arrancaría para ti, aunque me costase la vida o la condenación. Pero a la Virgen del Sagrario, a nuestra Santa Patrona, yo..., yo, que he nacido en Toledo, ¡imposible, imposible!

-¡Nunca! -murmuró María con voz casi imperceptible-. ¡Nunca!

Y siguió llorando.

Pedro fijó una mirada estúpida en la corriente del río; en la corriente, que pasaba y pasaba sin cesar ante sus extraviados ojos, quebrándose al pie del mirador, entre las rocas sobre las que se asienta la ciudad imperial.

¡La Catedral de Toledo! Figuraos un bosque de gigantescas palmeras de granito que al entrelazar sus ramas forman una bóveda colosal y magnífica, bajo la que se guarece y vive, con la vida que le ha prestado, el genio, toda una creación de seres imaginarios y reales.

Figuraos un caos incomprensible de sombra y luz, en donde se mezclan y confunden con las tinieblas de las naves los rayos de colores de las ojivas donde lucha y se pierde con la oscuridad del santuario el fulgor de las lámparas.

Figuraos un mundo de piedra, inmenso como el espíritu de nuestra religión, sombrío como sus tradiciones, enigmático como sus parábolas, y todavía no tendréis una idea remota de ese eterno monumento del entusiasmo y de la fe de nuestros mayores, sobre el que los siglos han derramado a porfía el tesoro de sus creencias; de su inspiración y de sus artes.

En su seno viven el silencio, la majestad, la poesía del misticismo y un santo honor que defiende sus umbrales contra los pensamientos mundanos y las mezquinas pasiones de la tierra. La consunción material se alivia respirando el aire puro de las montañas; el ateísmo debe curarse respirando su atmósfera de fe.

Pero si grande, si imponente se presenta la catedral a nuestros ojos a cualquier hora que se penetra en su recinto misterioso y sagrado, nunca produce una impresión tan profunda como en los días en que despliega todas las galas de su pompa religiosa, en que sus tabernáculos se cubren de oro y pedrería; sus gradas, de alfombras, y sus pilares, de tapices.

Entonces cuando arden despidiendo un torrente de luz sus mil lámparas de plata; cuando flota en el aire una nube de incienso, y las voces del coro y la armonía de los órganos y las campanas de la torre estremecen el edificio desde sus cimientos más profundos hasta las más altas agujas que lo coronan, entonces es cuando se comprende, al sentirla, la tremenda majestad de Dios, que vive en él, y lo anima con su soplo, y lo llena con el reflejo de su omnipotencia.

El mismo día en que tuvo lugar la escena que acabamos de referir se celebraba en la catedral de Toledo el último de la magnífica octava de la Virgen.

La fiesta religiosa había traído a ella una multitud inmensa de fieles; pero ya ésta se había dispersado en todas direcciones, ya se habían apagado las luces de las capillas y del altar mayor, y las colosales puertas del templo habían rechinado sobre sus goznes para cerrarse detrás del último toledano, cuando de entre las sombras, y pálido, tan pálido como la estatua de la tumba en que se apoyó un instante mientras dominaba su emoción, se adelantó un hombre que vino deslizándose con el mayor sigilo hasta la verja del crucero. Allí, la claridad de una lámpara permitía distinguir sus facciones.

Era Pedro.

¿Qué había pasado entre los dos amantes para que se aprestara, al fin, a poner por obra una idea que sólo al concebirla había erizado sus cabellos de horror? Nunca pudo saberse. Pero él estaba allí, y estaba allí para llevar a cabo su criminal propósito. En su mirada inquieta, en el temblor de sus rodillas, en el sudor que corría en anchas gotas por su frente, llevaba escrito su pensamiento.

La catedral estaba sola, completamente sola y sumergida en un silencio profundo. No obstante, de cuando en cuando se percibían como unos rumores confusos: chasquidos de madera tal vez, o murmullos del viento, o, ¿quién sabe?, acaso ilusión de la fantasía, que oye y ve y palpa en su exaltación lo que no existe; pero la verdad era que ya cerca, ya lejos, ora a sus espaldas, ora a su lado mismo, sonaban como sollozos que se comprimen, como roce de telas que se arrastran, como rumor de pasos que van y vienen sin cesar.

Pedro hizo un esfuerzo para seguir en su camino; llegó a la verja y siguió la primera grada de la capilla mayor. Alrededor de esta capilla están las tumbas de los reyes, cuyas imágenes de piedra, con la mano en la empuñadura de la espada, parecen velar noche y día por el santuario, a cuya sombra descansan por toda una eternidad. ¡Adelante!, murmuró en voz baja, y quiso andar y no pudo. Parecía que sus pies se habían clavado en el pavimento. Bajó los ojos, y sus cabellos se erizaron de horror; el suelo de la capilla lo formaban anchas y oscuras losas sepulcrales.

Por un momento creyó que una mano fría y descarnada lo sujetaba en aquel punto con una fuerza invencible. Las moribundas lámparas, que brillaban en el fondo de las naves como estrellas perdidas entre las sombras, oscilaron a su vista, y oscilaron las estatuas de los sepulcros y las imágenes del altar, y osciló el templo todo, con sus arcadas de granito y sus manchones de sillería.

¡Adelante!, volvió a exclamar Pedro como fuera de sí, y se acercó al ara; y trepando por ella, subió hasta el escabel de la imagen. Todo alrededor suyo se revestía de formas quiméricas y horribles; todo era tinieblas o luz dudosa, más imponente aún que la oscuridad. Sólo la Reina de los cielos, suavemente iluminada por una lámpara de oro, parecía sonreír tranquila, bondadosa y serena en medio de tanto horror.

Sin embargo, aquella sonrisa muda e inmóvil que lo tranquilizara un instante concluyó por infundirle temor, un temor más extraño, más profundo que el que hasta entonces había sentido.

Tornó empero a dominarse, cerró los ojos para no verla, extendió la mano, con un movimiento convulsivo, y le arrancó la ajorca, la ajorca de oro, piadosa ofrenda de un santo arzobispo, la ajorca de oro cuyo valor equivalía a una fortuna.

Ya la presea estaba en su poder; sus dedos crispados la oprimían con una fuerza sobrenatural; sólo restaba huir, huir con ella; pero para esto era preciso abrir los ojos, y Pedro tenía miedo de ver, de ver la imagen, de ver los reyes de las sepulturas, los demonios de las cornisas, los endriagos de los capiteles, las fajas de sombras y los rayos de luz que, semejantes a blancos y gigantescos fantasmas, se movían lentamente en el fondo de las naves, pobladas de rumores temerosos y extraños.

Al fin abrió los ojos, tendió una mirada, y un grito agudo se escapó de sus labios. La catedral estaba llena de estatuas, estatuas que, vestidas con luengos y no vistos ropajes, habían descendido de sus huecos y ocupaban todo el ámbito de la iglesia y lo miraban con sus ojos sin pupila.

Santos, monjes, ángeles, demonios, guerreros, damas, pajes, cenobitas y villanos se rodeaban y confundían en las naves y en el altar. A sus pies oficiaban, en presencia de los reyes, de hinojos sobre sus tumbas, los arzobispos de mármol que él había visto otras veces inmóviles sobre sus lechos mortuorios, mientras que, arrastrándose por las losas, trepando por los machones, acurrucados en los doseles, suspendidos en las bóvedas ululaba, como los gusanos de un inmenso cadáver, todo un mundo de reptiles y alimañas de granito, quiméricos, deformes, horrorosos.

Ya no pudo resistir más. Las sienes le latieron con una violencia espantosa; una nube de sangre oscureció sus pupilas; arrojó un segundo grito, un grito desgarrador y sobrehumano, y cayó desvanecido sobre el ara.

Cuando al otro día los dependientes de la iglesia lo encontraron al pie del altar, tenía aún la ajorca de oro entre sus manos, y al verlos aproximarse exclamó con una estridente carcajada:-

-¡Suya, suya!

El infeliz estaba loco.
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