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Capítulo 182: El agotamiento de Alejandro. - La Congregación D...



19.11.2011 23:36 EST
Capítulo 182: El agotamiento de Alejandro.
En cuanto lo pensó un poco, Elena llegó a la conclusión de que no había nada malo en que la familia de Aurora viviera allí. Y como le había dicho Alejandro, reafirmó su opinión el hablar con ellas. Le parecieron buenas personas, gente educada, cercana y simpática.

-...y entonces, cuando yo pensaba "por todos los santos, el pobre chico seguro que se ha roto algo", se le cae un plato en la cabeza, se le rompe, y él va y solo dice: "aau".
-Ja, jajajaja. Sí, siempre ha sido de quejarse poco. Una vez, en tercero de primaria, sin querer, se clavó una grapa en la pierna con la grapadora.Para que nuestros padres no le riñeran, se lavó y no dijo nada a nadie durante días, hasta que le tuvieron que ingresar porque tenía una infección de caballo.
-¡Ah, así que de eso es esa cicatriz! ¡Me dijiste que no te acordabas de cómo te la hiciste!
-Y no me acordaba, solo sé que estuve una semana ingresado.
-¡Más te mereces, por burro!
-Eh, que era solo un niño...
-Bueno, te perdono, pero no me des más sustos como el de esta mañana, ¿vale?
-Tranquila, dejaré de pelearme con grapadoras y con armarios por ti, nena.

Pasaron una comida agradable, mientras Elena estaba también sentada en la mesa, picando un poco de patatilla. La madre de Aurora le ofreció ir a la casa con ellos y verla, pero ella tenía que preparar un caso para el lunes. Al terminar de comer, volvieron al coche y emprendieron el viaje que llevaría a las dos mujeres a su nuevo hogar. Ya antes de llegar, decían que les encantaba el paisaje, con las montañas tan nevadas. Alejandro, como ya hizo en su día con Aurora, les contaba anécdotas de su juventud relacionadas con los lugares por los que iban pasando.

Poco a poco, Alejandro notaba como el cansancio se apoderaba más y más de él, pero aún así les ofreció llevarlas a dar una vuelta por el coche por la zona, y si querían bajarían y darían un paseo. Muy amablemente, la madre de Aurora rechazó su invitación diciéndole que lo dejarían para más adelante, cuando ya no hiciera tanto frío. Además, necesitaban tiempo para instalarse. Eso supuso un gran alivio para Alejandro, pues quería pasarse el domingo descansando, sin hacer nada en todo el día. Aurora le chafó los planes prometiéndoles que por la tarde siguiente irían a visitarlas, a ver como les iba.

Llegaron un poco antes de la hora acordada, por lo que tuvieron tiempo de ver la casa. Lo primero que fue a ver la madre de Aurora fue la piscina. Le interesaba mucho saber dónde había tenido cada habitación la familia de Alejandro, pues quería que él se sintiera como en casa, y le pidió que le diera cuantos más detalles mejor. Lo único que iban a cambiar sería el cuarto de la abuela, que para no tener que subir las escaleras, iba a dormir abajo. Sin embargo, ella no quería hacerlo hasta después de la cena de Nochebuena, no quería que toda la familia viera el sitio donde dormía. Alejandro le dijo que no había problema, que cuando ella quisiera él, seguramente con la ayuda de Miguel, se encargaría de montar la cama.

Al cabo de un rato vivieron los de la mudanza. Junto a Alejandro, empezaron a descargarlo todo y a ponerlo en el sitio dónde la madre de aurora les había indicado. Mientras, ella y Aurora, que como tenían que cargar mucho cogió el coche de Alejandro, fueron al supermercado a comprar la comida y las cosas que necesitaran. Iba hablando con su madre hasta que allí, mientras compraban, se toparon con una figura conocida, quien estaba tratando de escoger un buen vino para una celebración.

-¡Ey, tú! ¿Qué hace el gran cosmopolita es este pueblo tan tranquilo?
-Ya ves, hermana, venir a visitaros... ¿Qué tal, Aurora?
-Todo bien, tío...

Alejandro ya había terminado de descargarlo todo y estaba despidiéndose de los dos hombres, cuando llegaron Aurora, su madre y don Bartolomé. Le sorprendió mucho verle ahí. Después de saludar a la abuela, fue junto a Alejandro, a ayudarle a descargar la compra.

-¿Qué hace usted aquí?
-Venir a ver a mi hermana, claro.
-Pero...
-Y nada más, Alejandro.
-Entiendo. Sábado, día libre.
-... Qué raro... Normalmente, acostumbras a discutir más lo que te digo.
-Ya sé que no vale la pena hacerlo, jefe.
-¿Te encuentras bien?
-Sí, solo es un poco de agotamiento.
-¿No te dejé yo irte antes para que pudieras estar a tope hoy?
-Sí, pero no sé. No hace tanto dormía menos y estaba mejor. Parece ser que he dormido, pero no he descansado. O eso, o me estoy haciendo viejo, jeje.
-Ya veo... Cuidado con esa bolsa, ahí están los huevos... ¿Cómo llevas lo de la casa?
-Bien, bien... Es agradable volver a estar aquí...

Alejandro y Aurora empezaron a hacer la cena para los cinco. Recordaba que fue en aquella cocina, aunque con otro modelo, en la que aprendió a cocinar. Aurora le mimaba mucho y bromeaba suavemente con él, viendo que estaba muy cansado.

En cuando estuvo lista, sirvieron la cena. La abuela de Aurora estaba muy contenta de poder volver a probar la cocina de Alejandro, y bromeó diciendo que con la presencia de Aurora y Alejandro, la de sus hermanas y Miguel, y la de don Bartolomé y Rebeca, la cena de Nochebuena iba a parecer una cena interfamiliar.

Todos comieron gustosamente, que ya no tenía ni hambre. Después de cenar, todos se despidieron. De no haberla visto casi tan cansada como él, le hubiera pedido a Aurora que condujera ella. Ni siquiera se dio cuenta de que don Bartolomé, que en un principio iba justo detrás de ellos por la autopista, se detuvo para hacer una llamada.

-Lo acabo de comprobar, señor. Cansancio, mirada perdida, respira con la boca abierta, ligera apatía, piensa más lentamente que de costumbre, falta de apetito... Como me temía, tiene los síntomas.
-¿No puede ser debido a que ha madrugado mucho?
-No, ayer ya estaba un poco así, aunque no tanto.
-Bueno, madruga todos los días.
-Señor, es imposible que sea eso. Si fuera algo tan mundano, su amuleto le habría protegido. Es algo que ni eso puede remediar. le hemos estado exprimiendo demasiado.
-Joder... ¡Pero si esto solo pasa haciendo muchos amuletos de alto nivel, y solo ha hecho uno de los cincuenta amuletos minerales que os pedí!
-Pero antes, centenares de amuletos animales conmigo. Señor, lo prudente es suspender el encargo.
-Ni hablar. Tenéis la dichosa casa. Ahora os jodéis, os toca cumplir vuestra parte del trato.
-Señor, sé mejor que nadie lo malo que puede llegar a ser esto. Yo perdí diez kilos, pero si le hacemos hacer tantos amuletos minerales en un solo mes, él podría morir.
-Pues arréglalo como te dé la gana, que para empezar todo esto es por tu culpa, pero quiero que cumpláis el encargo a tiempo.


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