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P.2 Reunión de madres - maduro.y.apasionado.relatos.xxx



P.2 Reunión de madres
Autor: Gines Linares, español
a ea o - P.2 Reunión de madres
Carmen caminaba algo apartada del grupo mientras se dirigían desde el colegio hacia el bar. Aquel viernes no tenía ganas de hablar. Se sentía cansada, le dolía todo. Se sentó con sus amigas en la terraza del bar casi por inercia. Dejó cazadora de su hijo en su regazo y la abrazó, aferrándose a ella como un salvavidas.

—Carmen, ¿me escuchas?

Carmen volvió la cabeza, aturdida, hacia Sonsoles. Luego se dio cuenta que el resto también la miraba, incluso el camarero, que mantenía su bolígrafo en el aire junto a la libreta.

—Carmen, ¿dónde estás, mujer? ¿Quieres tostada con zumo o un ocho de crema?

—No tengo hambre.

—Tostada y zumo para ella —pidió en su lugar Sonsoles al camarero. Éste anotó el pedido y marchó con la lista completa del grupo de madres.

Carmen quiso retraerse de nuevo en su interior. Lamentaba no haberse dado cuenta que aquel día era viernes y tocaba reunión. El peor día para acompañar a su hijo al colegio. Ahora tendría que enfrentarse a sus amigas. El ataque, tal y como imaginaba, no se hizo esperar. La verdad es que, se dijo, no tenía por qué quedarse a tomar un café.

—Carmen, cielo, ¿qué te ocurre?

—Nada, nada. La verdad es que tengo prisa, este fin de semana nos vamos al pueblo y tengo que preparar…

Matilde la agarró del brazo en el momento justo en que pensaba levantarse de la silla. El gesto la pilló por sorpresa, Matilde parecía haber adivinado sus intenciones. No pudo mantener su mirada y tuvo que bajar la suya.

—Cuéntanos, Carmen.

—No, de verdad. Tengo prisa y…

Matilde la apretó la muñeca en el momento en que llegó el camarero con sus pedidos. Todas se mantuvieron en un silencio espartano. Incluso el camarero, que las conocía demasiado bien, se apresuró a servir cafés, tostadas, zumos y bollos lo antes posible, se sabía extraño en la conversación.

Cuando quedaron solas, mientras se iban pasando unas a otras servilletas para dar cuenta del desayuno, el silencio continuó. Matilde, por encontrarse junto a Carmen, fue la encargada de ocuparse de su tostada. Untó la mantequilla y la mermelada y le tendió una servilleta.

—Cuéntanos, Carmen. Estoy segura que, entre todas, sabremos darte buenos consejos o, por lo menos, te escucharemos atentas, ¿verdad, chicas?

Todas asintieron.

—Es que es algo cochino…

—No temas, querida —dijo Socorro mirando luego a Neus—. Estamos curadas de espanto. Apuesto a que es otra fantasía sexual satisfecha.

Todas sonrieron, recordando el relato de Neus el viernes anterior. La aludida se sonrojó y tragó con dificultad el trozo de bollo.

--

—El relato de Carmen—

--

Yo creo que todo empezó con esa revista. Era un folleto de un supermercado, grueso y de hojas finas, lleno de ofertas del tres-por-dos y promociones, de esos que te manchas los dedos al pasar las hojas. Fausto, mi marido, por lo general no leía los folletos, era yo la que hacía las compras, él solo se encargaba de llevarme en coche los sábados por la mañana al súper y luego le aguantaba mientras se iba enfurruñando más y más a medida que íbamos con el carrito de pasillo en pasillo. Por esto no entendí la razón que le llevó aquel sábado a detener el carrito frente a la sección de máquinas de gimnasio. Se plantó frente a un aparato para hacer abdominales que estaba en promoción, se sacó una hoja del bolsillo, la desdobló y comparó la foto de la hoja con el cacharro. Reconocí la hoja como la portada del folleto. Sin dudarlo, cogió la caja del estante y la metió al carrito.

“Es para hacer ejercicio, que me noto la barriga de la treintena”, respondió cuando le miré totalmente perpleja. Ni por asomo había imaginado que Fausto se preocupase por su barriga, a mí al menos no me lo había dicho. No digo que tenga mucha, algo tiene, la clásica curva de la felicidad, que diríamos todas, yo ya me había acostumbrado. “A ver cuánto te dura la tontería”, le dije. Cuando llegamos a casa, ya se había olvidado del cacharro, le tuve que recordar que era algo que había comprado él y que si no iba siquiera a abrir la caja, que lo devolviese. Se enfadó conmigo, claro. Creo que le sentó mal.

El caso es que, a partir del día siguiente, todas las noches, antes de acostarse, se hacía tropecientas abdominales con el cacharro. Yo no pensaba que fuese a durarle tanto la tontería pero supongo que le había herido en su orgullo y, por eso, no cejó en el empeño. Al cabo de tres semanas, su barriguilla había menguado y comenzaron a resaltársele los bultos de los músculos. Yo debería haber estado feliz de tener un marido que se preocupase de su figura pero, como dije, ya me había acostumbrado a su curva de la felicidad. Cada noche ocupaba más y más tiempo en esculpir sus abdominales, le robaba tiempo al único momento del día en que lo solía tener para charlar, hablar de nuestras cosas y hacer el amor. Tras salir de la ducha, se excusaba en que estaba muy cansado y se dormía en un santiamén. Pero eso no fue lo peor.

Fausto comenzó a mirarme mal. Nunca me lo dijo a la cara y yo tampoco le presioné para que me lo confesase, y no, no eran paranoias mías. Ya sé que no tengo un cuerpo escultural de esos que lucen las niñas de ahora, todo tetas y culo y lo demás esmirriado como alambres, me da grima verlas la cara chupada, las costillas hambrientas y las piernas finas como palos. Sé que Fausto me miraba mal por mi cuerpo; la barriguilla, las cartucheras, la piel de pollo… pero es que yo no me preocupo por lo que se ve y mi marido empezaba a juzgarme por ello. Alguna vez dejó caer, en una conversación robada de sus ejercicios, que mi figura era un botijo; lo dijo entre bromas, y yo sonreí como una lela, más contenta porque charlásemos que por insultarme. Lo cierto es que Fausto tenía una tableta riquísima pero no la compartía con nadie más que con él mismo, alguna vez le pillé mirándose al espejo, orgullosísimo de su vientre escultural.

Desde entonces, cogí yo también la manía de mirarme ante el espejo. Teníamos uno en el pasillo de nuestro dormitorio y, cuando él estaba en el trabajo y el nene en el colegio, me desnudaba y me pasaba horas delante del espejo mirando mi cuerpo. Reconozco que me obsesioné, pero no caí en el mismo círculo vicioso que Fausto (“no estoy demasiado fuerte, aún no, un poco más”). Me encantaba mirarme al espejo y, como no podía mirarme por detrás, me compré otro que coloqué a mi espalda y que guardaba en el cajón de la tabla de planchar. Me veía por todos los lados, en todos los recovecos. Fausto no me hacía el amor desde hacía semanas y supongo que necesitaba mimarme ya que nadie me parecía hacer caso. Fue como un revulsivo contra mi falta de sexo, de cariño.

Me vestía para aquellos momentos, me maquillaba, me arreglaba solo para mí. Me colocaba entre los dos espejos y comenzaba a desnudarme. Lentamente, ejecutando una danza suave y erótica, me iba despojando de la ropa, regalándome piropos, besando mi imagen reflejada. Día a día, mientras Fausto continuaba desarrollando unos exorbitados abdominales, yo iba desarrollando mi particular baile solitario. Cada día me gustaba más y más y, como es natural y por la falta de sexo conyugal, terminé por, una vez desnuda, empezar a tocarme. Acercaba los dos espejos a la cama y me retorcía ante mi imagen desnuda, explorando mi interior y acariciando mis curvas con rotundo y sincero apasionamiento. Fui desarrollando una oscura versión de mí misma, la de una zorrita encantada de darse placer a sí misma. Estaba profundamente enamorada de mi cuerpo y de mi versión oscura.

Pero llegó un momento en que, cansada de masturbarme para mí, ansié que otros disfrutaran de mi vena exhibicionista. Ambicionaba conseguir los suspiros y anhelos de los demás. Ya no me bastaba con mis piropos y mis soeces comentarios ante el espejo. Quería el de los demás, suplicaba sentirme deseada por otros. Y entonces, por ironías de la vida, la solución llegó de manos de mi marido. Una noche comentó que los compañeros de la oficina se iban a un local de striptease a celebrar una despedida de soltero. Se rió de ellos y continuó haciendo abdominales. No me costó nada encontrar en internet, al día siguiente, tras mi sesión matutina de contemplación y masturbación, una lista de locales de striptease en la ciudad. Sin pensármelo dos veces, llamé al que tenía más lejos de casa. Quería trabajo y, aunque al principio se negaron alegando no sé qué de que sólo trabajaban con profesionales, insistí y al final accedieron a hacerme una prueba.

Me convencí que necesitaba demostrar mis dotes exhibicionistas, fue lo que me dio fuerzas para presentarme en aquel oscuro garito una mañana. El local estaba vacío, varias señoras de la limpieza estaban fregando los suelos, algunos hombres fumaban en la barra y una mujer parecía ensimismada en varios libros y una pila de facturas en una mesa. Me acerqué a los hombres y le dije al que parecía más serio que venía por la prueba. Me miraron de arriba a abajo con ojo crítico, desnudándome con los ojos, se removieron en sus butacas y calibraron mis interioridades. Me excité ante sus miradas lascivas y supe, desde ese momento, que mis temores eran infundados, les resultaba atractiva. Pero, al fin y al cabo, eran hombres y su instinto de copulación guía sus pensamientos; necesitaba la aprobación de las mujeres, si ellas se excitaban conmigo, habría triunfado. Por suerte, la mujer enterrada en libros y facturas parecía la jefa de todo aquello ya que me dijo que me sentara en su mesa con su acento argentino. Eso hice.

“Algo tenés ganado porque esos de ahí no se ponen burros con cualquier piva”, comentó tras mirarme fijamente. Me pidió que le hablase de mí. Me inventé una vida totalmente distinta a la que tenía. Era huérfana, sin familia, algo puta y me encantaba ser y verme como una zorra. En ningún momento la mujer sonrió ni asintió, se limitó a escucharme con cara aburrida o agobiada. Tenía una mirada cansada, ojeras de insomnio o de trasnochar frecuentemente. La verdad es que me divertí inventando aquella historia fantasiosa, incluso mientras la contaba me iba excitando. “Bueno, vale”, me interrumpió, “subés ahí arriba y demostrá lo que vos sabés haser”.

Fue como mi alternativa, tal que si mis bailes entre los dos espejos hubiesen sido capeas de pueblo y aquello fuese la prueba de fuego. Me subí al estrado, una tarima circular. “Ponlá música, a ver si ...


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