Te confieso que jamás olvidaré aquél momento; el de mi desfloración. Creo qué, ni la mujer ni el hombre, jamás de los jamases lo olvidan. Allí estábamos, tú y yo, con diecinueve años. Yo, considerándome experimentada en la materia, claro que por vivencias ajenas, libros, vídeos, y tú, el típico chico de diecinueve que se creía que se las sabía todas, y si no, se las inventaba. También recuerdo cómo contigo sentí los primeros saltos al amor, y para más inri, con qué efectividad le diste cuerda a mi corazón, aquél, que por su juventud no razonaba, si es que acaso alguna vez lo hiciese, aquél, que deseaba con todas sus fuerzas que fueras el primero, y qué también, el muy iluso codiciaba que fueras el único.
Llegaste con la buena nueva de que tu amigo Juanjo, nos prestaba su apartamento en Argüelles. Fue allí donde debuté y me desnudé ante un hombre por primera vez, o mejor dicho, me desnudaban. Me quitaste el sujetador con relleno, e imprudente y sin anestesia, me soltaste:¡TE IMAGINABA CON MAS PECHO! (y pensé: “gracias por estimularme, cariño” ) Poco después, tú que tanto fardabas sobre sexo -como casi todos los hombres- me penetraste en posición convencional, la horizontal, la aburrida, esa, la que suelen hacer las decentes y los ancianos. Luego, para mi sorpresa y porqué no, también rubor, hiciste la hiriente observación, la de la duda: ¡NO SANGRASTE! (y pensé:“trágame tierra, éste NPI”)
Cuando no teníamos la posibilidad de otro cobijo, saltábamos la verja en aquél ático de Argüelles, en penumbras, compañero de sombras, y entre chácharas tú inflabas la colchoneta, la que sería nuestro lecho los ratos que pasábamos allí tumbados. Si mal no recuerdo, entre nuestras primeras torpezas, se te rompió el condón. Estaba de pie y con botas de tacón en el segundo escalón, inclinada hacia adelante y mis palmas apoyadas en el cuarto, y tú por detrás, me penetrabas la vagina. Boca abajo me sentía mareada, ciertamente que no lo pasé de maravilla en nuestros primeros pinitos amatorios, porque deseaba que te corrieras lo antes posible. Y cuando te viniste, me imploraste por otro más, y aunque no aguantabas más de cinco minutos porque seguramente no recitabas la tabla de multiplicar, yo ya no daba más de sí, así qué, casi suplicante te rogué que acabases lo antes posible. Creo que por las prisas se te rompió, enseguida me di cuenta, cómo no enterarme, al sentir la presión del chorro seminal, y luego éste entre mis muslos. Te avisé del infortunio y no dándole crédito a tus ojos al verte “desarmado”, entre dientes resoplaste:¡CREO QUE TIENES UN COÑO QUE MUERDE Y ESCUPE! (y pensé: “uf, debo ser un bicho raro”) Al instante nos acaloramos y los nervios nos traicionaron por el temor a un posible embarazo. Menos mal que sólo fue un susto.
La verdad, es que me aburría como la “O” masturbarte con la mano y por supuesto que también la susodicha posición, así que no tardé en desinhibirme y puse manos a la obra, y dándole rienda suelta a mis instintos recordé sobre algunos “juegos” de vídeos, altamente didácticos por cierto, para alguien que como yo, en vivo, no sabía ni jota. Encontrándonos en éste punto de nuestra relación ya empezaba a reconocer mi ritmo biológico, también ciertas sensaciones cachondas causadas por tus manos en mis zonas erógenas que sin duda más me sacudían, y que por consecuencia, me ponían como una moto. Se me despertó el consabido morbo y alguna que otra fantasía, empezó a rondar por mi cabeza. Una de ellas fue el cóctel de temor, adrenalina y morbo que me ocasionaba la probabilidad de ser pillados en algún lugar público, no me consideraba exhibicionista, nada que ver, pero una situación de ésta índole y que tenía visos de ser embarazosa, me ponía. Así que nuestros bríos nos llevaron hasta al baño de señoras en la Universidad IKD. Como pudimos nos colamos, aunque en aquel momento no fue difícil por no estar conglomerado, no obstante, alguna que otra chica o profesora, entraban y salían esporádicamente. Nos escudamos en un cubículo en donde no nos podían ver los pies, te sentaste en la taza, subiéndome la mini y bajándome el tanga, me senté encima de ti. Con ahínco tus manos apretaron mis nalgas y gracias a la gravedad, cuando investí mi pelvis contra tu pene, la fricción fue inigualable. Así fue como te sentí en pleno, y al tallar tu miembro mi espacio, me hizo destilar flujo como nunca antes. Pese a nuestras risotadas y nerviosismo ambos nos encontrábamos sumamente concentrados y excitados, a tal punto, que inclusive, hasta con el sonido del fondo musical de nuestra velada, causado por la banda sonora instrumentada por vaivenes de puerta, pasos, pis, deposiciones, tirones del papel higiénico, agua, secador de manos, no fueron obstáculo para menguar nuestro erotismo. Sobraban las palabras cuando las manos y bocas perfectamente se entendían, y mis ojos clavados en los tuyos, descifraban nuestros íntimos deseos. Mientras echaba mi cuerpo hacía atrás en cada embestida mis pechos eran por ti devorados, mi cabeza daba vueltas como un tiovivo, el corazón se me salía por la boca y ahogaba mis gemidos para no delatarnos. Y por supuesto, no podía faltar que por cuarta vez, te dejara boquiabierto, pero ésta vez por mis recién estrenadas habilidades, así que atónito, exclamaste: ¡COMO ERA QUE SABIA TANTO! (y pensé:“éste capullo me cree una putón verbenero”)
Con ello cumplí una de mis fantasías; una especie de delirio que se me hace dificultoso gráficamente expresarlo pero por explicarlo de alguna manera, fue como esa búsqueda humana del “ser y estar,” pero no de una manera extática, sino siendo los protagonistas de nuestra historia.
Quedaron atrás aquellos días, como también tus huellas, y tantas otras cosas más.. Hoy mi memoria me hizo una jugarreta, no te ha vaneado, y me pasó la película. Aquello nadie lo supo, quedó en mí, en mi intimidad. Ni siquiera existe testimonio impreso en alguna hoja extraviada... salvo en mi memoria.