Tú aún no lo sabes, pero en el momento en el que nos hemos dado la mano he notado esa cálida humedad que anuncia el principio del desbordamiento. Permanezco en pie frente a ti, mirándote sin mirarte. Has notado mi silencio pero no lo relacionas, y es que cuando has pronunciado tu requerimiento de un beso he vuelto a mojarme. Si te hubieras detenido un momento a mirarme hubieras notado ese leve movimiento de mis piernas al juntarse, mis gafas te han impedido ver mis ojos cerrados guardando ese pequeño secreto. Si intento hablar de mi boca no saldrá sino un leve jadeo, así es que permanezco callada esperando a que se ahogue en mi garganta. Hoy hemos decidido que para qué esperar más, ¿de qué sirve ocultar el deseo? Subimos a tu moto y nos vamos a cualquier parte. Detrás de ti, voy detrás de ti y me pego a tu cuerpo todo cuanto puedo, pero no es bastante, necesito sentir tu piel sobre la mía, tengo que besarte, tocarte, necesito sentirte mío por un breve instante. No veo el momento de llegar a donde quiera que vayamos, hasta el punto que el breve roce de tu mano en mi pierna vuelve a hacer que me moje, mis pechos apoyados en tu espalda parecen querer salirse a través de mis pezones y entonces siento ganas de gritarte: aquí, para aquí, no me importa dónde estemos, sólo quiero desnudarte, el deseo se me está convirtiendo en lujuria, mis gestos te lo gritan a través del espejo retrovisor. Cierro los ojos un instante y cuando los vuelvo a abrir estamos parando a la puerta de un hotel, se me está haciendo interminable el tiempo que pasa hasta que atravesamos la puerta, hasta los movimientos del conserje para darnos habitación me parecen excesivamente lentos. Conseguimos la llave y entramos en el ascensor; apenas se ha cerrado la puerta y me lanzo besándote con ese beso que estoy guardando desde hace mil años para ti. La puerta se abre, ya sólo queda una cerradura más y entonces el más oculto de mis deseos saldrá a la luz para dejar de serlo; ahí estamos tú y yo, dos viejos amigos que por ese instante dejarán de serlo para convertirse en amantes. Tu mirada... qué me grita tu mirada... ¿será miedo?, puedes pararte a analizar el momento, pero yo no estoy dispuesta a hacerlo, el razonamiento lo abandoné en la playa cuando disfrutaba de mi pequeño secreto. Nos miramos como buscando el consentimiento, después el beso, ese cálido y profundo beso de la tranquilidad del momento. El ritmo de mi respiración es inversamente proporcional a la lentitud con la que empiezas a desnudarme: desabrochas mi blusa y lo siento como si desabotonaras mi pecho. Te estoy mirando en tu desnudez y me doy cuenta de que no recuerdo nada de tu cuerpo, así que no tengo más que empezar a descubrir para memorizar cada pliegue de tu piel, y beso tu cuello, tu pecho, me acerco a ti cuanto puedo y noto en mi vientre tu deseo, mis manos que se acercan a ti, se agita tu respiración a medida que hago firmes mis movimientos. Quiero que todo sea lento, suave, quiero perpetuar el momento en el tiempo, ¡qué ironía pensar eso cuando tiempo es precisamente lo que no tenemos! Pero aun así, quiero dejar el instinto para más tarde. Tú, sin embargo, pareces tener más prisa y tus movimientos se acentúan por momentos; tus labios dejan de besarme para decir algo, pero lo intuyo y cierro tu boca con mi mano, así es que me dejo caer en la cama tirando de ti para que te quedes a mi lado, te observo por un instante intentando entender por qué nunca llegué a imaginar este momento, pero no quiero pensar, sólo quiero dejarme llevar por el deseo y te llamo a mí y vienes, me sujetas por mis caderas y comienzas a poseerme, algo dentro de mí se desborda, mi cuerpo no es mi cuerpo, quiero abrir los ojos y mirarte pero sólo alcanzo a realizar un minúsculo movimiento con mis párpados, no puedo ver tu cara y deseo observarte en este momento, conocer ese gesto de placer que se debe estar plasmando en tu rostro, ese gesto que es el único desconocido para mí; oigo tu respiración agitada como un susurro en mi nuca, llena de esas palabras que no se dicen, de ésas que sólo se pronuncian con la música de este silencio tan lleno. Me sujeto a tus hombros tratando de impulsar mis movimientos, pero apenas me muevo, tu cuerpo todo lo abarca y me gusta esta sensación de semisometimiento, me limito a abandonarme a mis sentidos, a cada uno de tus gestos, a tu olor... no el de siempre, sino el olor de tu sexo. Y con este abandono consigo sentir por primera vez contigo el placer de este momento. Tú ya estás vencido y noto tu calidez adentro, y te desplomas encima de mí dejándome sentir tu peso, tu respiración entrecortada, recuperando el aliento. Busco tu boca y te beso. Ya cesó la lujuria, ahora empieza otro momento, las miradas esquivas, las mentiras que uno trata de creerse para no estropear el momento... es hora de irse... ¿acaso volveremos?