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:::NUESTROS MEJORES AMIGOS:::
Desde hace muchos años tengo un gran amigo, Juanma. Los dos somos tíos normales, entre 1´60 y 1´80 de altura, ni gordos ni flacos, en fin lo típico. El caso es que con el tiempo llegamos a la universidad, y allí empezamos a salir con un par de compañeras de clase, Lola y Lidia.
Lola (mi novia) mide casi 1´60, gasta una 100 de sujetador, cintura estrecha, caderas anchetas y un culo y unos muslos que quitan el hipo, a lo Jennifer López, aunque menos voluminosos; con melena castaña y de cara bonita, muy dulce, como a mi me gusta. Alicia es un poquito más alta y pelirroja, de piel muy clara y muy guapa, de rasgos más marcados, con grandes ojos color verde, labios finos de un rojo casi anaranjado, y una boquita de piñón de esas que siempre están entreabiertas, como pidiendo que las besen. Lleva el pelo cortado en una melena cortita. De cuerpo es muy delgada, aunque no anoréxica, sencillamente es de esas personas que se pueden comer una barbacoa ellas solas sin que se les note. Sus pechos son de esos pequeñitos y duritos, con forma cónica, de los que siempre apuntan hacia arriba. Sus caderas son finas, algo más anchas que la finísima cintura, pero en conjunto armoniosas y piernas rectas y largas. Las dos son muy simpáticas y las dos parejas nos llevamos muy bien por lo que pasamos los cuatro mucho tiempo juntos, de hecho hay tanta confianza que nunca hemos tenido problemas en dormir (y otras cosas) incluso en la misma habitación: cada pareja en su cama y santas pascuas.

Después de acabar la carrera, todos hicimos oposiciones, pero a mi novia y a Juanma los destinaron a ciudades bastante alejadas. Aún así nos reuníamos cada vez que podíamos, de hecho casi todos los fines de semana, para pasarlo bien en grupo como llevábamos haciendo desde la facultad, bien en el piso que Lola y yo tenemos en nuestra ciudad, bien en algún apartotel o casa rural de las que están de moda en España. Y fue al terminar uno de esos fines de semana comunitarios un mes de septiembre cuando pasó algo que nunca me había esperado. Juanma se fue en su coche hacia su trabajo más temprano que de costumbre porque tenía que terminar unos informes que había dejado sin acabar antes de venir, así que me tocó a mí llevar a las chicas a la estación de autobuses. Lola cogería uno directo y Alicia uno de enlace entre varias capitales, siendo la nuestra una de las intermedias, así que después del café cogimos mi coche y las llevé a la estación. Ya con las maletas en el andén las dos insistieron en que me fuera a casa antes de que fuese más tarde.

-¿Estáis seguras de que no queréis que os acompañe hasta que se vayan los buses? -No, pesado,- me repitió Lola por tercera vez.-Ya sabes que en este barrio por la tarde el tráfico es infernal para volver al piso, así que cuanto más tarde te vayas más tráfico pillarás y más gordo será el rebote que te pilles en el camino.

-Si, ya sabes la mala leche que te entra cuando te metes en un atasco-apoyó Alicia, que me conoce tan bien como mi novia, medio en serio medio en broma.

-Está bien, pero mandadme un mensaje al móvil en cuanto lleguéis, ¿OK? -¡Vaaaaleee!- me cantaron a coro con algo de sorna.
Lo cierto es que en el fondo tenía ganas de volver antes de que se disparase la salida del tráfico de la tarde, porque tardo 15 minutos en el trayecto normalmente, que si salgo media hora después se vuelven dos horas y media o más si empieza a llover, como de hecho pasó esa tarde. Así que me despedí de las dos, Lola me dio un piquito en los labios y Alicia dos besos en la cara, pero casi rozándome la comisura de los labios de tan rápidos.

Tuve suerte y pillé menos tráfico del habitual, con lo que en diez minutos ya estaba en casa. En cuanto llegué al piso me quité toda la ropa menos los calzoncillos (una costumbre que cogí los veranos que me tocaba estudiar durante la carrera), saqué una cerveza de la nevera y me puse a ver la tele. En eso estaba cuando, de improviso sonó el timbre. Me sorprendió, porque es raro que nadie venga a visitarme el domingo por la tarde. Le quité voz a la tele para asegurarme de que había sido mi puerta. Efectivamente, el timbre volvió a sonar y me fui a abrir sin acordarme de que iba en paños menores. Me asomé a la mirilla y pegué un bote cuando vi a Alicia en el rellano de la escalera. Rápidamente tiré de los cerrojos y abrí la puerta. Alicia estaba allí, en medio del pasillo, acalorada y calada hasta los huesos. El pelo se le había pegado a la cabeza y la camiseta empapada dejaba transparentarse sus pechos (es raro que Alicia use sujetador, y maldita la falta que le hace), con los pezones de color cereza que volvían loco a Juanma (y también a mí, porqué voy a negarlo) marcados como a fuego a través de la tela. Mientras, ella trataba de quitarse algo del agua del pelo con el jersey que había llevado puesto esa tarde, y que parecía estar todavía más mojado que el resto.

-¡Ali! ¿Qué ha pasado? -Nada, que el bus venía lleno y he tenido que volverme aquí.

-Pero mujer, haberme llamado y me hubiese alargado a por ti.

-¿Con el atasco de las siete? No me parece lo más inteligente.

-Haber cogido un taxi.

-Hubiese tardado dos horas como tú con el coche y andando he llegado en veinte minutos.

-Pues te has pegado una buena carrera.

-Eso sí. Por cierto, ¿me dejas pasar?, ¿o seguimos aquí en la calle discutiendo, yo empapada y tú en gayumbas?Y entonces recordé que yo no me había puesto nada encima y que ella podía coger un catarro de la hostia, así que las metí de un tirón en el piso a ella y a la maleta. Por suerte nadie nos vio en el rellano porque, si en algún sitio viven vecinos cotillas es en mi rellano, con dos solteronas del Opus Dei y una pareja de abuelos que habrían puesto de vuelta y media mi reputación y la de Lola, ya bastante dudosa para ellos con eso de vivir “amancebados (me pregunto de que puñetero diccionario de tiempos de Franco habrán sacado esa palabra las opusinas) en vez de casarnos como Dios manda”. El caso es que ya con Alicia dentro me disculpé por mi torpeza varias veces, muy avergonzado de mi error.

-Si, si, vale. ¿Pero te importa si antes de seguir con las disculpas me meto en el cuarto de baño y me doy una ducha?, estoy helada.

-Oh, claro pasa.

Alicia se fue hacia el baño quitándose la chorreante camiseta por el pasillo dándome un bellísimo plano de su espalda mientras yo me llevaba la igual de chorreante maleta (en realidad una bolsa de viaje) al balconcillo de la cocina. Tal y como sospechaba, todo el contenido estaba empapado, así que fui sacando las prendas hechas una pena por lo mojadas y lo metí todo en el tambor de la lavadora.

-¡Manu!, - Alicia me llamaba desde el baño.

-¡Voy!- contesté inmediatamente y me dirigí al baño.

-Mira, hazme el favor y tráeme una muda de la maleta, y de paso me lavas la que me he quitado si no te importa.

-Si, te lo lavo, pero la muda es imposible porque tu bolsa ha calado y está todo echo un asco. ¿Quieres que te deje algo de Lola? -¿De Lola? Pero si quepo yo entera en una de las copas de su sostén, no déjalo, me apañaré con la toalla.

-¿Dónde has dejado la ropa? -Perdona está aquí dentro en el suelo. Pasa y la recoges, hay confianza ¿no?Así que entré a por las empapadas prendas y de paso le eché un rápido vistazo al cuerpo de Alicia que se reflejaba en el espejo por el hueco de la cortina de la ducha. Siempre me ha gustado Ali, aunque estuviese enamorado de mi novia, porque tiene un cuerpo precioso a pesar de lo delgada que está, ya que compensa con una figura muy armoniosa en conjunto. De hecho me paré un poco más porque ese fin de semana Lola había tenido la regla y la anterior se había quedado en su ciudad adelantando unos informes, así que yo me había quedado acumulando las ganas de sexo y, de todas formas pensé ¡qué cojones, una miradita no daña a nadie! Así que le di un buen repaso a Alicia desde detrás de la cortina de baño. Lo que se veía no me decepcionó: el largo cuello, la espalda recta, el culito prieto con unas nalgas redonditas y pequeñas y las piernas delgadas, pero no huesudas, vamos una delicia desnuda y mojadita. Ella se pasaba la esponja por los brazos y el pecho sin atender a mi presencia, enjabonándose de forma metódica y eficaz. El chorro de agua a veces le caía en la cara y ella resoplaba un poco. Justo entonces volvió un poco la cabeza, sin llegar a volverse del todo y su voz me sacó de mi ensimismamiento.

-Gracias Manu, eres un cielo.
-De nada,- contesté poniéndome colorado y salí de allí disparado con su ropa en la mano y una terrible erección, que sin darme cuenta se me había levantado, en la entrepierna. Al meter la ropa que Alicia había dejado en el suelo del baño en la lavadora se me enredó en los dedos la tanga que había llevado puesta. Era negra y minúscula, y todavía estaba caliente. Por un impulso me la llevé a la nariz y aspiré su delicioso olor, diferente del de Lola, pero también fantástico. Entre eso y la visión del cuerpo de Alicia en el espejo se me volvió a empinar el aparato de tal manera que tuve que irme al cuarto a por algo con lo que tapar mi erección. Así que cogí lo primero que pillé, que fue un bañador de esos bermudas anchos que estuvieron de moda hace unos años y que ahora uso para estar por casa cuando no voy en calzoncillos o directamente en pelotas.

Me saqué un refresco de la nevera, más para pensar en otra cosa (frío, que baje esto) que porque tuviese sed y me lo pasé por el cogote un par de veces antes de empezar a bebérmelo. En esas estaba cuando salió Alicia del baño. Con el pelo todavía húmedo y una toalla verde claro que apenas le tapaba el comienzo de los muslos era una imagen divina, recordaba a Campanilla, el hada de Peter Pan (desde mi infancia uno de mis mitos eróticos, je, je si es que soy un poco salidorro desde siempre). Dios, era una preciosidad, especialmente con la luz anaranjada de las farolas de la calle filtrándose por la persiana (tengo el vicio de ver la tele con las luces apagadas, y me alegré, porque mi miembro se había puesto otra vez guerrero) dibujando un diseño atigrado sobre su figura.

-¿Me traes uno a mí?-me preguntó con una sonrisa.

-¿Qué? Ah, si, un refresco, si, un momento.
Me fui hacia la cocina a buscarle el refresco. “Maldita sea”, pensé, “tengo que controlarme un poco o se dará cuenta de lo salido que voy, y no es plan de perder la amistad después de tantos años”. Volví al salón y le di la lata de refresco. Ella entretanto se había sentado en el sofá con las piernas dobladas y las rodillas hacia mi lado y había puesto la tele en otro canal en el que empezaba una película.

-¿Cuál es?-le pregunté.

-No sé, ya la he pillado con los créditos empezados, pero es española.
No me hizo mucha gracia eso, porque, como todo el mundo sabe, las pelis de aquí sacan mucho sexo bastante explícito, y no me faltaba más que eso con la semana que llevaba sin descargar.

-¡Ay!, es “Lucía y el sexo”, con las ganas que tenía de verla.
Eso era ya el colmo, Alicia casi en pelotas a mi lado, yo salido perdido y en la tele Paz Vega y Elena Anaya, que son otros dos de mis mitos eróticos, dándole gusto al cuerpo. Me senté como pude, pero antes de quince minutos mi erección iba a reventar entre la tele y las miradas furtivas que se me escapaban al canalillo y los muslos de Alicia. Lo peor de todo es que se notaba que Alicia también se estaba excitando por como abría y cerraba los muslos, levemente, como sin querer. Imágenes de ella y yo se me pasaron fugazmente por la cabeza endureciendo todavía más lo que no debía. Entonces me di cuenta de que se le había puesto la piel de gallina.

-¿Tienes frío?- le pregunté.

-Un poco, ¿me dejas una camiseta o algo? -Sí, claro.

Y salí disparado hacia el dormitorio para traerle una camiseta de las mías. “Eso le tapará más y podré rebajar la tensión” pensé agradecido. Volví al salón y le di la camiseta. Alicia se puso de pie dándome la espalda y se la puso a la vez que bajaba la toalla, lo que no impidió que durante un milisegundo le viese las nalgas prietas y deliciosas. Pero lo peor es que estaba entre el televisor y yo, así que a través de la prenda se transparentó todo lo que yo no debía ver, con lo que mi polla se puso aún más dura si cabe.

-Gracias- me dijo mientras se sentaba- ¿no te sientas? -¿Eh?, Oh, sí. -Y me dejé caer en el sillón tratando de taparme.
Así seguimos viendo la película, yo cada vez más caliente y ella cada vez más sensual, al menos a mis ojos. Pero lo peor era el olor. No lo he dicho, pero yo soy perfumista, por lo que tengo el olfato muy entrenado, y empecé a notar el aroma que desprendía su coñito, que debía haberse mojado con la peli. Mi polla ya no cabía ni en el bañador. Entonces, de pronto, di un salto cuando noté su mano encima de mi verga. Mis ojos pasaron de la tele a esa mano y de esta a sus ojos. Ella me sonreía, con los ojos brillantes y esa deliciosa boquita suya entreabierta.

-Parece que nos está gustando la peli a los dos, ¿no? -No,… esto… yo… -Vamos, no te preocupes, es normal. Además yo también me estoy poniendo, ¿ves?Y cogió mi mano derecha llevándola a la entrada de su vagina. Allí el calor era como el de un volcán, y noté como sus jugos comenzaban a resbalar entre los labios mayores. Yo estaba alucinando y la miré de nuevo a la cara. Se pasó la lengua por los labios, y eso fue como si me hubiese dado la señal de salida.

Me lancé sobre ella y le mordí los labios con pasión, con furia, queriendo soltar todo el ardor que llevaba dos semanas conteniendo y ella me respondía con besos húmedos, deliciosos, al tiempo que se arqueaba para que mis dedos penetraran en la entrada de su coño, ya chorreante. Mientras, mi otra mano le agarraba los pequeños senos notando a través de la camiseta como el pezón se erguía con el roce. Ella entonces se separó un momento.

-Espera. Hay algo que nos estorba a los dos.
Cogiendo los faldones de la camiseta, Ali tiró de ella hacia arriba, dejando al descubierto su cuerpo de hada. Se arrodilló a mis pies y suavemente, pero con firmeza, agarró los elásticos del pantalón y los calzoncillos y tiró de ellos hasta quitármelos. Mi rabo saltó como si un muelle lo impulsara. El glande se había salido del prepucio y le daba la apariencia de una seta de grueso y largo cuerpo y sombrero sólo algo más grueso e intensamente rojo, casi morado. Alicia lo asió con la derecha, acariciándolo arriba y abajo, mientras con la izquierda masajeaba mis testículos, para a continuación besarme el glande, dolorido de lo hinchado que estaba y lamer el tronco a lo largo. Finalmente se detuvo un segundo lamiendo el glande en redondo justo antes de introducir toda mi polla en su boca de un solo golpe.
Yo creía que me corría en ese momento. La sensación era brutal: sus labios se ajustaban en torno a la base de mi miembro, la lengua se movía lateralmente a lo largo del tronco y el calor y la humedad de su garganta parecían ir a derretir mi glande. Lo más sorprendente es que en ningún momento hizo gesto alguno de que le molestase, o sea que no era la primera vez que la chupaba de aquel modo. Sentí una mezcla de admiración por su técnica y envidia hacia Juanma que la debía de disfrutar a menudo. Estuvo así unos tres o cuatro segundos que a mi me parecieron de eterno placer antes de comenzar a chupármelo, metiéndolo y sacándolo, a un ritmo cada vez más rápido, parando cada pocos segundos por un momento para lamer el glande y seguir a continuación con más velocidad. Así no tardé ni cinco minutos en notar como mis testículos enviaban hacia arriba su carga de deseo contenido.

-¡No puedo más Ali! ¡Voy a…!- traté de avisarla, pero ella, lejos de sacárselo de la boca se lo metió más adentro, chupándolo aún más fuerte, hasta que estallé en su garganta. Cinco o seis potentes chorros de lefa salieron disparados de mi miembro a su boca, y ella se los tragaba como podía, aunque al final era tanta la fuerza y la cantidad del material que yo soltaba que unas gotas se le escurrieron por las comisuras de los labios, resbalando por su barbilla hasta caerle sobre el pecho.

Yo tiré de ella y la subí conmigo al sofá, besándole la boca con ganas, sin que me importara lo más mínimo que sus labios aún tuvieran restos de mi leche. Pero no me paré ahí, si no que la tumbé en el sofá. Ahora era mi turno de darle placer. Mi boca atrapó el lóbulo de su oreja, mientras una de mis manos acariciaba sus pechos y la otra bajaba por su cintura, las nalgas y la parte trasera de la pierna hasta sus pequeños y delicados pies. Luego fui bajando con mis besos por su cuello hacia los pechos. Mordisqueé los pezones y lamí los pechos que me cabían enteros en la boca. La luz del televisor me dejaba ver como su piel se volvía rosada por la excitación, mientras los pezones se volvían encarnados. Seguí bajando hacia el ombligo, el vientre y, evitando conscientemente su entrepierna me lancé por sus muslos. Mis besos dejaban un reguero ardiente de saliva sobre su piel mientras yo podía notar como sus dedos se enredaban en mi pelo al compás de su placer. Continué hasta llegar a sus pies, y desandé el camino, esta vez por el lado interior de los muslos con besitos suaves y lentos. Alicia tenía los muslos totalmente abiertos y esto me daba una visión perfecta de su entrepierna. Tenía el vello depilado perfectamente, excepto un fino resto en forma de flecha que señalaba su coño. Este se abría como una orquídea de mucosa encarnada que destilaba un delicioso néctar que chorreaba hacia la hendidura de sus nalgas. Los labios mayores, carnosos y más rosados, se habían separado algo dejando ver a través los labios internos de intenso rojo carmín y el clítoris, que parecía una deliciosa y minúscula fruta del bosque. Casi borracho por el olor maravilloso que surgía de aquella grieta, me lancé por fin a lamer y besar ese coño que se derretía al paso de mis labios y lengua. Mordisqueaba los labios mayores, lamía los menores, succionaba con cuidado el clítoris, y penetraba con mi lengua la vagina de Alicia, mientras mis manos volaban sobre la piel de sus pechos, muslos y nalgas. Así pasaron unos deliciosos minutos y, al fin, me agarró fuertemente el pelo, empujando mí cabeza contra su raja, a la vez que tensaba todos sus músculos. Yo comprendí la señal y aceleré el ritmo de mi lengua sobre su clítoris, logrando que ella estallase en un orgasmo largo y violento que bañó casi toda mi cara con sus jugos.
De nuevo era su turno, y esta vez fui yo quien acabó tumbado en el sofá, mientras ella se colocaba sobre mí con una pierna a cada lado de mi cuerpo, al tiempo que su mano dirigía la cabeza de mi poya hacia la entrada de su vagina. No hizo sino sentirla en su entrada cuando se dejó caer sobre ella, empalándose literalmente en mi rabo, de un solo golpe con un rugido de placer que salió al unísono de nuestras dos gargantas. Tras unos segundos en que los dos pudimos sentir como las paredes de su vagina se adaptaban al intruso que las llenaba por completo, Alicia comenzó a oscilar adelante y atrás, metiendo y sacando mi rabo de su chocho. Mientras, yo magreaba sus tetitas, pellizcando sus pezones entre el índice y el pulgar. Cada vez que ella arremetía hacia atrás, yo empujaba con mis caderas, hundiéndome todo lo posible en su entrepierna, al tiempo que sus dedos se clavaban en mi pecho o se enredaban en mí pelo.

Luego fui yo quien se echó sobre ella poniendo una mano en su cadera y otra en su cintura para tirar de ella contra mí mientras sus manos se aferraban a mi nuca y sus tobillos se entrecruzaban detrás de mis nalgas. Así estuvimos mas de media hora, alternando las posiciones, hasta que yo me di cuenta por sus estremecimientos de que Alicia se corría. Yo no aguantaba mucho más y se lo avisé -Ali,… voy a correrme… -Sí,… por favor… hazlo… hazlo dentro.

-Pero… -No te… preocupes… la píldora… me la…estoy… ¡aaaaahh! En ese momento ella volvió a correrse, y apretó tanto su pubis contra el mío que no pude resistirlo más y me vacié dentro de ella llenándola completamente de la mezcla de sus jugos y los míos. El orgasmo que tuvimos fue el mejor de mi vida, y nos dejó a ambos agotados, tanto que tuvimos que quedarnos allí abrazados, ella tumbada sobre mi pecho, durante unos minutos durante los que nos dimos unos besitos y caricias suaves, más por alargar las sensaciones que por excitarnos de nuevo. Finalmente Alicia me miró y me dijo: -Vamos a la ducha.
Los dos estábamos sudorosos y noté como la mezcla de mi semen y su flujo resbalaba aún por sus muslos y por mi miembro. Ella se metió en la bañera y abrió los grifos ajustando la temperatura del agua. Se agachó a recoger la esponja y la cubrió de gel con el que creó una espuma densa que extendió por su piel brillante y mojada. Mientras pasaba la esponja lentamente por su entrepierna se volvió hacia mí.

-¿No vienes? No necesité que lo repitiera y entré en la ducha. Me abracé a su cuerpo, mi pecho contra su espalda acariciando sus pechos, mientras ella me pasaba la esponja por la entrepierna. Le cubrí el cuello y la nuca de besos en tanto que mis dedos estiraban con suavidad de sus pezones. Entonces se apartó de mí y guiñándome un ojo se agachó poniendo el culito en pompa. El chorro de la ducha le caía justo entre sus nalgas haciendo brillar una cascada de agua que rielaba sobre sus nalgas y su ano minúsculo y rojo como el fuego.

-Despacio, házmelo con cariño.

Me agaché y comencé a lamerle aquel agujerito, acariciándole el clítoris a la vez, ella temblaba de excitación. Me detuve un instante y me llené los dedos índice y corazón de gel y comencé a pasárselos por el culito y muy despacio le metí uno. Su espalda se estremeció y se tensó al tiempo que su culito parecía latir en torno a mi dedo. Me puse de pie y miré hacia el final de su espalda, allí encontré su rostro. Alicia tenía los ojos entrecerrados y apretaba los dientes. Más tarde me confesó que tenía un poco de miedo, pero aún así me hizo una señal de asentimiento con la cabeza. Estaba preparada, y yo no iba a ser menos. Me unté el gel que me quedaba en las manos por la poya y después enfoqué mi glande a su ano. Mi poya tiene un tamaño normal, y aún así se veía enorme frente a aquel minúsculo huequito que, poco a poco, fue cediendo y dejándole paso. Centímetro a centímetro conseguí clavarlo entero y me quedé quieto allí. Oí entonces un sollozo y vi que unas lágrimas rodaban por las mejillas de Alicia por lo que hice ademán de sacarle el miembro del ano.

-¡No! No… lo saques, estoy… bien, solo… solo deja que… me adapte.- y para demostrármelo se enderezó buscando mis labios con ansia. Poco a poco su esfínter fue cediendo y suavemente empecé a deslizar mi poya dentro y fuera hasta conseguir un ritmo regular. Alicia se masturbaba con violencia, y yo le acariciaba los pechos y los muslos. Al fin sus entrañas se estremecieron con fuerza y mi miembro respondió lanzando en su interior las últimas gotas de semen que me quedaban, realmente me quedé seco por primera vez en mi vida y casi me caí al suelo. Nos dimos un largo beso y volvimos a enjabonarnos con caricias tiernas pero ya satisfechos sin discusión. Solo queríamos ducharnos y disfrutar del contacto de nuestras pieles. Nos secamos con la misma toalla, mientras nos dábamos piquitos suaves y nos fuimos a la cama - ¿Por qué Ali?- le pregunté -¿Por qué, qué? -¿Porqué lo has hecho? -¿Follar contigo? Bueno, la culpa es de Lola -¿Qué? -Sí, verás.- y me sonrió poniendo cara de niña traviesa- Ella me contó que estaba con la regla justo el viernes y como la semana pasada no vino pues me imaginé que tú tenías que estar que te subías por las paredes. La idea me fue poniendo cachonda todo el fin de semana y al final me decidí cuando ella se subió al autobús. No hacía falta más que dejar irse el mío sin cogerlo y tendría un macho hambriento de coño para mí solita al menos durante tres días.

-Y has acertado por lo visto.

-¿Creías que soy la típica tonta pelirroja de las pelis? Chaval te falta mucho que aprender de las tías.

-Bueno, pues espero que me enseñes.

-No lo dudes- y dejamos de hablar.

Nos besamos un rato hasta dormirnos abrazados. Al día siguiente llevé a Alicia a su trabajo y yo me fui al mío, con la promesa de recogerla por la tarde. Esa semana volvimos a tener sexo lunes, martes y miércoles y lo hemos repetido cada vez que Lola tiene la regla desde entonces, durante los últimos tres años. Un tiempo después ella se casó con Juanma y Lola y yo nos casamos la semana que viene. Sin embargo nada va a cambiar. Cada uno amamos a nuestra pareja, pero follando nos compenetramos muy bien, y eso no pienso desperdiciarlo.

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