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Lucifer | maduro.y.apasionado.relatos.xxx



Lucifer
Autor: OCTOPUSI, peruano
Lucifer
¡Vamos!... Levántate hijo que se te hace tarde para la escuela.

Leticia estaba excitadísima. Se acercaba la hora del esperado reencuentro. Claro, ¿con quién más?, si no con su esposo, el hombre de su vida. El que la ponía de cabeza, por sus dotes de buen macho y apasionado amante. Él por fin regresaba de un largo viaje de negocios.

La bella dama, de tropical temperamento, ya no tendía que seguir tolerando aquella involuntaria continencia que se debatía al límite de su virtuosa templanza. El ansiado desquite ya estaba casi acariciándole la espalda.

Lety se había encargado de todos los pormenores del recibimiento, con mucho entusiasmo. No solo puso esmero en aquellos referidos al ambiente, sino que enfatizó, más aún, aquellos detalles personales que estimulaban la libido de su amado.

¡Vamos Ángel!... ¿Que esperas para levantarte?, ¡Ya se te enfría el desayuno!

No puede dejar de ir a la escuela y menos ahora. No voy a permitir que me eche a perder mi anhelado reencuentro a solas. Se repetía Lety en silencio, con justificada preocupación.

¡Miguel Ángel!... ¿En que tono quieres que te pida que te levantes? Ya estás colmando mi paciencia.

Mamá, me siento mal, ¡Muy mal! Así no puedo levantarme, no te miento.

Me adelantaré con una copa de champagne que he puesto a helar. Tengo que darme un poco de valor para poder enfrentar la flojera de mi Angelito. Se propuso a si misma, por el apremio de las circunstancias.

Saboreó con deleite el efervescente néctar. El contacto de la gélida copa con sus húmedos labios, le hizo reaccionar y prestar atención al fondo musical que estaba probando para recibir a su marido. Se trataba nada menos que del gran Barry White y su memorable orquesta Amor ilimitado.

Decidió enfrentar el problema de su hijo sin mayor dilación, ese asunto debía resolverse de una vez. Entró a la habitación del “indispuesto” y le dijo:

- Vamos a ver… ¿Qué es aquello tan grave que te impide levantarte?

- No mami, llama a un médico. Contigo no debo tratar este asunto.

- Angelito, por favor. No hay tiempo para médicos. Tú ya eres grande, compréndeme. Tu papá está por llegar, hace mucho que no lo veo y quiero recibirlo como se merece. ¿Entiendes?

Ángel tenía la sábana subida hasta el cuello y las rodillas levantadas, como tratando de ocultar algo personal. Cierta palidez en su rostro, un extraño fulgor en su mirada y además excesiva saliva en la boca, denotaban que efectivamente algo no marchaba bien.

- ¿Qué te ocurre hijito? Verdaderamente, no te veo buen semblante.

- En cambio mamita tú estas preciosa, con esa fragancia tan seductora y tu faldita tan sexy.

- ¡Ya hombre!, déjate de zalamerías y confía en tu madre. Por lo menos dime que te ocurre.

- Bueno ya… Te lo voy a decir, pero no me avergüences con preguntas indiscretas. Solo te diré que vengo soportando una erección durante más de tres horas y no hay forma que se me pase. Así ni siquiera puedo ponerme los pantalones.

- ¿Qué, queeeee? De donde salió esa enfermedad tan rara. ¿Como así te ha ocurrido?

- No me pidas que te cuente la historia, pero un amigo mayor me facilitó unas pastillas para la erección y tanto mi incredulidad como la curiosidad, me tentaron a probarlas. Me desperté en la madrugada pensando en eso y seguro de que no me harían ningún efecto, tomé dos pastillitas azules.

- Déjame pensar un instante hijo, en seguida vuelvo, talvez con alguna solución.

La historia de Ángel fue inventada. En realidad, desde que tuvo uso de razón estuvo perdidamente enamorado de su madre, en silencio, pero con un amor pasional que le quemaba por dentro. Tantas veces había gozado solapadamente de niño, simulando inocentes juegos en la cama con su progenitora. Tantas veces se había masturbado, espiando la desnudez materna o la copulación de sus padres. La verdadera historia es que tomó las dos pastillas de sildenafilo con premeditación, con la ilusa intensión de seducir a su mamá, metiéndose a su cama como cuando era niño. Quería intentar copularla, antes de que llegara su padre y le calmara el furor que la hacía vulnerable. Tomó las pastillas para asegurarse de que la emoción propia de la circunstancia no le jugara una mala pasada, pero finalmente no se atrevió al abordaje y esta vez venció la sensatez.

Al retirarse de la habitación de su hijo, Lety, por su lado, no pudo evitar que tan extraña dolencia le trajera a la mente aquella lejana época en que reunía a sus amigas más íntimas para bañar a su bebé. Aprovechaba la ocasión para mostrarles con orgullo lo bien que había dotado la naturaleza a su Angelito. “A salido a su padre” las decía con cierto tonito de confidencialidad.

También recordaba que desde que su hijo era un bebito tenía grandes erecciones con mucha facilidad. Cada vez que le daba pecho, el bebé se encaramaba, mordía los pezones mientras succionaba y ella no podía dejar de sentir la dureza genital del lactante, mamando en estado de erección.

¡Ya Lety! Se dijo a si misma. Ya deja esos recuerdos, reacciona rápido y resuelve la dolencia de tu hijito.

- Y se. ¡Mastúrbate! Y creo que se te pasará. Le recomendó a su hijo, luego de irrumpir impacientemente en su recámara.

- Ya mami, ya lo hice. Es más he estado metido mas de media hora en la tina con agua helada y… ¡Nada!, no hay forma de que me pase.

- No me estarás mintiendo para no ir a la escuela… ¿Verdad?

- No mamita te lo juro. Que cosas se te ocurren. Confía, es verdad.

- Solo para mi tranquilidad, déjame verte. No le vas a tener vergüenza a tu madre ¿Nooo? Le insistió en el colmo de la incredulidad.

- No mami. Ya vez, no me pidas eso. Lo dijo mientras estiraba las piernas, pero manteniéndose cubierto con la sábana.

- Ya mentiroso, ese bulto es demasiado grande para que sea un pene. Tú te has puesto algo ahí ¿Verdad? Le dijo al apreciar la protuberancia que se insinuaba a través de la delgada tela.

Él enmudeció y pasivamente se dejó llevar. No ofreció resistencia alguna, mientras su incrédula madre develaba el mimbro de su condolido hijo, corriendo hacia a bajo el lienzo que lo cubría.

Tendían que ver la cara de sorpresa que puso Lety, al tener ante sus ojos la enrojecida y vascularizada genitalidad de su Angelito.

Resultó mejor dotado que su propio padre. Se dijo a sí misma en profundo silencio.

- Hijito, tenemos que hacer algo. Déjame llamar un médico por teléfono.

- Si mami te lo ruego. Ya no aguanto más. Me quema y me late cada vez más.

Al pasar junto al fono, notó que todo el tiempo había estado descolgado. Procedió a reactivarlo, pero antes de hablar, prefirió ir por otro trago. Las circunstancias lo ameritaban, debía infundirse ánimo para afrontar tan sui géneris situación.

No podía ocultarse a si misma el impacto de tan impresionante exhibición. Sin duda estaba conmovida y si bien lo podría disimular frente a su hijo, resultaba imposible engañarse a si misma. Un impertinente cosquilleo en el bajo vientre, espontánea humedad en sus bragas y algunos recuerdos de inconfesables sensaciones, de la época en que lactaba a su pequeño, teñían de rubor sus afiebradas mejillas.

Al llenar su copa con la espirituosa bebida, apreció cierta incomodidad en el pulso. También pudo notar que su pecho latía al son de las percusiones de Amor Ilimitado, que le ponía fondo musical a la estimulante voz del gran Barry. Dio un nutrido sorbo a su copa y se propuso terminar con el problema de una buena vez.

Telefónicamente llamó al médico de cabecera, quien lamentablemente había abandonado su consultorio para atender una emergencia. Al ser antiguos conocidos de la familia, la enfermera que atendió la llamada, en su afán por ayudar, averiguó acerca de la dolencia. Al enterarse del mal, lejos de tranquilizar a la perturbada madre, la terminó alarmando más, al asegurarle que en los casos de priapismo había que actuar rápido para evitar un entumecimiento y una subsiguiente gangrena.

Ni bien colgó el fono, entró una llamada. Era su esposo. Algo contrariado le recriminó a Lety por lo del teléfono involuntariamente deshabilitado. Dijo que había estado intentando comunicación desde la víspera para informarle de la cancelación de su vuelo. Pues todo lo negociado no se iba a poder firmar aún, por el tema de la crisis europea. Que consecuentemente su retorno quedaba postergado hasta nuevo aviso. Lety no quiso preocuparlo con el tema del hijo y solo atinó a decirle con resignación que lo amaba y que lo seguiría esperando con impaciencia.

Ángel, que premeditadamente era quien había descolgado el teléfono, estuvo atento a la conversación y quedó muy complacido con la noticia.

- Mamá por favor ayúdame ya no puedo más. Suplicaba el jovenzuelo, con tono de impaciencia.

- Ya hijito, voy enseguida.

Que diíta este. Todo me está resultando a cuadritos. Esto ya es demasiado para mí. Necesito otro trago. Se propuso a sí misma como para darse valor.

Esta vez secó la copa de un solo sorbo y decididamente se enrrumbó a ver a su ocasional paciente. Con visible nerviosismo volvió a la habitación. No quería que su hijito fuera victima de ...


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